No hace mucho se presentó en nuestra facultad el Primer Plan de Igualdad de la UAM, en el salón Rivière. Me imagino que lo de "primer"
significa que habrá otros después. Asistimos 13 personas, incluida
la profesora de nuestra facultad que ha sido designada para formar parte de la
comisión que aplicará el plan. Entre los asistentes había tres varones
(un profesor del departamento de psicología biológica y de la salud, otro hombre a quien no pude identificar y yo mismo) y
al menos 4 personas que no eran de nuestra facultad.
La ponente era
una señora que no sé por qué imaginé que era profesora (llegué un poco tarde y supongo que ya la habrían presentado), pero la pobre hablaba como
si padeciera una grave afección respiratoria. Afortunadamente para los que no andamos
sobrados de agudeza auditiva, apoyaba su exposición con una presentación
powerpoint absolutamente atiborrada de letras en cada diapositiva (quizá no fuera profe, después de todo), de
forma que con un poco de paciencia se podía seguir exhaustivamente su
argumentación.
En la parte que presencié, expuso con mucho énfasis
la legislación que según ella amparaba el plan, desde la Constitución
española hasta varias leyes orgánicas, pasando por directivas de la UE. Me pareció que insistía especialmente en estas últimas, lo que recordaba un poco a las postrimerías del franquismo, cuando locuciones como "viene de Europa" o "lo hacen en Europa" constituían valoraciones contundentes, casi inapelables. Hoy por suerte o por desgracia ya no somos tan paletos, y hemos aprendido por la fuerza de la evidencia que las autoridades europeas son perfectamente capaces de hacer cosas tan gilipollas como cualquier otro grupo de jerarcas, burócratas o políticos.
Pronto quedó claro que la única igualdad contemplada por el plan era la
de hombres y mujeres, es decir, la que los que están en ese rollo llaman
"de género" y el resto de la gente llamamos "entre sexos". Nada que
decir, pues, sobre igualdad entre etnias, creencias o ideas; ni sobre
igualdad de oportunidades de acceso a los diversos niveles de educación
(masters, etc.), ni sobre orientación o prácticas sexuales, ni sobre
igualdad de retribución para quienes hacen el mismo trabajo, aspecto
este último en el que en nuestra universidad no hay la menor diferencia
entre sexos, pero sí desigualdades abruptas, por no decir brutales, entre los diversos niveles
y tipos de contratos a que estamos acogidos los que aquí trabajamos. Sin embargo el
plan, sin mención alguna a tantos potenciales ámbitos de desigualdad, se circunscribe, por alguna razón que en ningún momento se enuncia, a la igualdad entre hombres y
mujeres.
Puestas las cosas en estos términos era inevitable sentir
cierta curiosidad. Después de varias décadas en la UAM, he presenciado muchas
acciones y actuaciones poco edificantes por parte de muy diversas
autoridades e instancias; he escuchado a muchos compañeros, hombres y mujeres,
quejarse de las faenas que se les han hecho, por ejemplo, al apartarles injustamente
de una promoción, impedirles presentarse a una plaza o dársela a otro candidato notoriamente menos cualificado. Recuerdo incluso a personas concretas llorando de rabia e impotencia por
tales motivos. Estos episodios tenían que ver con diversos tipos de
malevolencias y discriminaciones; en la mayoría de los casos la persona
perjudicada no había tenido la prudencia de congraciarse con el cacique
de turno, no pertenecía a la camarilla adecuada, o no había mostrado una
conducta suficientemente sumisa o leal a sus señores o señoras; no olvidemos que bajo su pátina democrática la universidad pública española es un sistema más bien feudal en la práctica. Pero, en claro contraste con lo que sucedía en tantos ámbitos fuera de la universidad, nunca, ni
una sola vez en 30 años he conocido directa ni indirectamente un solo
caso en el que alguien resultara perjudicado por el hecho de ser mujer.
Sí ocurría lo contrario en aquellos tiempos en que el Estado acostumbraba a robar a los varones jóvenes un año y pico de su vida: muchos resultamos seriamente perjudicados en nuestras carreras académicas al ser así abducidos para vivir casi literalmente en otro mundo, mientras nuestras compañeras seguían perfectamente concentradas superando asignaturas o engrosando el currículum. De forma que, con todos los problemas bien conocidos que tiene la UAM,
deseaba vivamente saber en qué consiste ese problema de desigualdad entre sexos que yo
en mi ingenuidad creía que ya no existía y que, por el contrario, resulta
al parecer que tiene entidad suficiente para justificar nada menos que un plan
trianual para combatirlo.
Una vez que la ponente terminó de referir
las justificaciones legales, entró en materia. Entonces por fin
descubrimos en qué consistía el problema de la igualdad. Primero, se nos
dice que un órgano de gobierno es "paritario" si y solo si entre sus
miembros la proporción de ninguno de los dos sexos baja del 40% ni sube
del 60%. Es decir, si una Junta de Centro, por ejemplo, tiene un 62% de
hombres y un 38% de mujeres, entonces no es "paritaria". Y aquí va la señora y suelta la bomba: muchos órganos de gobierno de la UAM no son paritarios. Por
ejemplo, prosigue, hay muchos más directores de departamento que directoras de
departamento, destacando como especialmente sangrante el caso de nuestra
facultad, en la que, nos recrimina con mirada severa, actualmente los cuatro departamentos están dirigidos
por varones, nada menos que un 100%. Big Sister is watching us, and she´s not happy. Desde el punto de vista científico, sin embargo, merece la pena observar que no está justificado sostener que una moneda esté trucada por el simple hecho de que dé cuatro caras seguidas al lanzarla.
Pero, para nuestro alivio, es peor todavía el caso del
claustro. Se trata, nos recuerda torvamente la ponente, del primer y
principal órgano de representación de nuestra universidad. Y en él,
como si de una "maldición divina" (sic) se tratase, jamás se alcanza la
paridad, de forma que los hombres siempre salen en una proporción
superior al 60%. Por fortuna, en otros temas, como los vicerrectorados, la paridad sí
se cumple; incluso este año hay en la universidad más decanas que decanos (suspiro de alivio), si
bien en 2009 era al revés (no nos vayamos a relajar).
Ya me iba yo sintiendo un tanto inclinado a recordarle a
esa señora que a director de departamento se presenta quien quiere, que
entre esos candidatos el director se elige por votación de
los miembros del consejo de departamento, que el verdadero problema consiste en
convencer a alguien para que se presente a tan difícil, ingrato y
mal retribuido cargo. Que a ver cómo se espera que los miembros de un departamento, al elegir a su director, tengan en cuenta las proporciones de sexos entre los directores de los demás departamentos. Que el claustro es elegido por sufragio universal
en la comunidad universitaria. Que dicha comunidad universitaria contiene una ligera mayoría de mujeres. Quizá merecería la pena recordar también
que la mayoría de nosotros votamos a los que nos parece que van a hacer una gestión o
representación más eficaz, o quizá más acorde con nuestras ideas, no a los de nuestro mismo
sexo, vamos, que la mayoría de nosotros no estamos obsesionados con el sexo, o si lo estamos es de una forma menos institucional y, me atrevo a decir, más natural y más sana. Pero a estas alturas la señora llevaba casi 20 minutos con este tipo de
discurso y yo ya me estaba poniendo de mal humor; del mismo tipo de mal humor que me producen las homilías de los curas, esos exasperantes desarrollos tan detalladamente estructurados a partir de los delirios más absurdos e irracionales que uno pueda concebir. Si hubiera aguantado
hasta el final, habría preguntado dos cosas. Primera, cuánto cuesta el
plan. Resulta que estamos en tiempos difíciles, con muchos recortes y
dificultades financieras que afectan a funciones vitales de nuestra institución y ponen en peligro el plan de carrera de numerosos seres humanos (por ejemplo, ¿cuántos becarios COIE cuesta este plan?), y por ello este dato me parece bastante relevante.
Segunda, suponiendo que los objetivos del plan se cumplen y alcanzamos
la paridad en todos los órganos de gobierno ¿qué tendría eso de bueno?
¿a quién beneficiaría? ¿Acaso una mujer que no ha sido elegida para un cargo hallará consuelo en que un alto porcentaje de quienes sí lo han sido sean de su mismo sexo? De verdad que no lo entiendo.
Como a cualquier persona mínimamente decente, me
parece de cajón que el sexo de alguien no debe constituir bajo
ningún concepto una ventaja o desventaja para acceder a un puesto, cargo
u órgano de representación. Pero como psicólogo, esa obcecación
por que en todas partes se verifique pulcramente el mágico y sacrosanto
50%-más-menos-10, me recuerda demasiado a esas personas que por ejemplo
no pueden salir de casa hasta que han colocado a la perfección toooodos
los paquetes simétrica y ordenadamente en las estanterías. Vamos, que no puedo evitar que me venga a la cabeza la conjetura de que esa historia de la paridad podría reflejar una especie de trastorno obsesivo-compulsivo. Pero al menos soy consciente de que es sólo una conjetura, al igual que parece obvio que la idea según la cual una desviación respecto al sagrado 50% en la distribución de sexos es siempre resultado de una discriminación injusta no es más que una hipótesis. Sin embargo, esta última proposición es tratada como un dogma o una verdad autoevidente que nadie osa cuestionar, como si fuera inmune a la discusión e inherentemente superior, sin evidencia alguna, a cualquier hipótesis alternativa. ¿Cómo es posible que un razonamiento tan evidentemente deficiente, tan perfectamente chapucero, tan notoriamente anticientífico, haya logrado abrirse camino aquí, en la universidad?
Espero
sinceramente que este extravagante plan no afecte gravemente a nuestra universidad: que no
reciba más atención de la que (algunos por error) le prestamos
en su presentación.
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